
La dependencia de los agricultores al tiempo sigue siendo tremenda, tanto por los propietarios particulares como por los ejidatarios mayas. Del total de la superficie de labor de Yucatán, que era de 805 821.3 hectáreas en 1991, sólo 14 394.7, ni el 2 por ciento eran de riego. Si se considera las superficies mixtas, de riego y temporal, que fueron 78 124.3 hectáreas, la cifra sube al 10 por ciento. El 90 por ciento restante de la superficie sembrada fue regada por la lluvia.
El principal cultivo, tanto en superficie sembrada y cosechada, como en volumen y valor de la producción, son los pastos para el ganado. El pasto ocupó casi el 60 y el 70 por ciento de la superficie total cultivada y cosechada respectivamente, así como el 40 por ciento del valor total de la producción. En pocas palabras, el campo yucateco se perfila cada vez con mayor fuerza hacia la ganadería tropical extensiva.
El segundo cultivo en importancia sigue siendo el maíz, que ocupa prácticamente el 20 por ciento de la superficie sembrada junto con el frijol y la calabaza asociadas a él. El maíz ocupa el segundo lugar en cuanto a valor de la producción, pero su importancia fundamental es que se trata de un cultivo de subsistencia porque contribuye a la alimentación, de manera central o secundaria, de la cuarta parte de la población del estado. El complejo de la milpa, con el sistema de roza-tumba y quema, su siembra de maíz y cultivos asociados, continúa siendo, como hace miles de años, la base de la subsistencia de más de un millar de comunidades campesinas mayas y sostiene aún los fundamentos de su cultura, sus ritmos de vida y su visión del mundo.
La gravedad del problema ecológico de las selvas yucatecas puede notarse si uno se fija en que en todo Yucatán, en 1995, sólo se sembraron para reforestar 191 hectáreas, en tanto que la superficie total sembrada rebasó las 800 000, de las cuales 200 000 fueron de cultivos cíclicos, y cuando menos una tercera parte de esta superficie, unas 70 000 hectáreas, se quemaron ese año. Es comprensible que, a este paso, la pérdida de las selvas del estado de Yucatán presagia un eminente desastre ecológico antes de veinte años.
La apariencia de uniformidad del suelo yucateco no deja de ser engañosa. Existen por lo menos ocho principales tipos de suelos diferentes, claramente identificados y clasificados por la cultura maya, que corresponden con mucha precisión a la clasificación científica aceptada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). El estado se caracteriza por una ausencia total de corrientes superficiales, pues ni ríos, ni lagos o lagunas lo riegan. En cambio, cuenta con una generosa dotación de estratos acuíferos a los que se puede acceder a distintas profundidades a través de pozos.
Península de Yucatán:
Población indígena respecto a la
población total
| Entidad | Población Total | Población Indígena | % | Estado | Población Indígena Total | % Respecto al Total de Población |
| Yucatán |
1 362 540
|
715 342 | 52.5 | Oaxaca |
1 592 020
|
52.7 |
| Quintana Roo |
493 277
|
181 071 | 36.7 | Veracruz |
1 172 405
|
18.8 |
| Campeche |
535 185
|
135 960 | 25.4 | Chiapas |
1 129 826
|
31.0 |
| Yucatán |
715 342
|
52.5 |
La modificación de los sistemas de organización del trabajo, de las condiciones del acceso a la tierra, el desarrollo de la red de caminos y la alfabetización y castellanización como uno de los pocos logros del sistema educativo formal implantado desde los años treinta por las misiones culturales cardenistas, han trabajado para integrar a distintos ritmos la cultura maya a la cultura nacional. Después de más de 60 años, este conjunto de factores permiten identificar para el año 2000 diferencias culturales en el estado de Yucatán, que muestran regiones con distintas intensidades de cambio y persistencia de tradiciones, hábitos y formas de organización social de la cultura maya histórica.
Entre los cambios más visibles se encuentran, como es de esperarse, la distinta pureza y adulteración o habilidad en la utilización del idioma maya, el uso o desuso de la ropa considerada tradicional, que se desarrolló durante la colonia y el siglo XIX (huipiles bordados, es decir, vestidos, rebozos y pies descalzos en las mujeres, ropa de manta blanca y huaraches, o sea, cacles, en los hombres), las prácticas religiosas y el culto a seres sobrenaturales asociados a los ciclos agrícolas y, en especial, al cultivo del maíz, el conocimiento del ciclo lunar y su influencia en la milpa, las prácticas vinculadas a los momentos importantes del ciclo de vida, como el nacimiento, el padrinazgo y su conjunto de acciones rituales como el hetz mec, la pubertad, el matrimonio, la enfermedad y la muerte, el culto a los difuntos, y el uso de los subsistemas agrícolas asociados al solar.
Hay que hacer notar que excepto en dos municipios, en los que
se ubican las comunidades tradicionales, hay una marcada desaparición de las
formas ancestrales de gobierno indígena y de manifestaciones de organización
social que hablen de una expresión política organizada de la comunidad maya
frente al poder estatal y sus formas de gobierno, como sería el sistema de
cargos bien estructurado o la elección de autoridades a través de los
distintos sistemas de usos y costumbres que existen en otros grupos indígenas
de la República Mexicana. Las manifestaciones de una vida comunal organizada,
que se encuentran de manera uniforme en todos los pueblos mayas de Yucatán, son
aquéllas que han sido sostenidas por la Iglesia católica, como los gremios y
las fiestas del santo patrono de cada pueblo.
Los 62 municipios de la zona henequenera pueden considerarse indígenas debido a que tienen por lo menos un 30 por ciento de hablantes de maya. En 1990 agrupaban a 465 609 habitantes. En 1995 estos municipios son los que se encontraban más densamente poblados y, en gran medida, connurbados con la capital, por lo que su población presentaba una mayor integración a la vida urbana de Mérida. Ellos son: Motul, Izamal, Kanasín, Umán, Conkal y Progreso. Aquí los rasgos propios de la cultura maya se encuentran mucho más transformados que en cualquier otra parte del Yucatán rural y puede considerarse la zona de transición, integración y desintegración de la cultura maya en la vida urbana contemporánea. La tercera parte del total de habitantes de Yucatán y la mitad de la población considerada maya se concentraba en esta región en 1990. En 1995 el crecimiento de este conjunto de municipios fue menor que el del resto del estado y, desde los años setenta, han sido expulsores de población, que ha emigrado a Mérida, a Cancún y a otras partes de México.
En esta región el sector agropecuario ha perdido participación en las actividades económicas desde hace dos décadas, pues del total de su población económicamente activa (PEA) sólo el 40 por ciento se dedica a actividades relacionadas con la agricultura y la ganadería. El henequén, que fue la ocupación principal hasta 1970, ha perdido su peso específico y ocupa por temporadas sólo a la mitad de la población dedicada al sector primario, de tal manera que menos del 20 por ciento de la PEA de los llamados "mayas henequeneros" vive del henequén. Otros indicadores económicos permiten hablar de la crisis en esta región. En 1990 poco más del 60 por ciento de la PEA percibía ingresos por debajo del salario mínimo y después de la crisis de 1995 se calcula que este porcentaje se incrementó entre 5 y 10 puntos.
Los mayas de la zona henequenera se dedican en su mayoría a actividades no agrícolas. ¿Qué es lo que esto significa? En primer lugar, una población que ha encontrado una forma de vida en la emigración temporal —como preámbulo, en muchas ocasiones, de la definitiva—. Muchos miles se ocupan en la industria de la construcción regional como albañiles. La construcción es una de las ramas que más empleo genera a nivel peninsular y que se ha recuperado con más rapidez de las crisis de los años 1982, 1987 y 1994. En 1996 la construcción ocupó a 5 500 personas. Muchos otros se emplean en actividades de limpieza y jardinería. Otros trabajan en la cosecha de la sal en las ciénagas de Yucatán, en la siembra y limpieza de los pastizales de la ganadería privada del sur y del oriente. Esto se combina con algún trabajo eventual en el henequén y con un poco de milpa mal hecha, por la falta de experiencia y el poco tiempo que se le dedica, que da algo de maíz para comer y algunas plantas frutales, hortalizas y animales criados en el solar.
Un elemento importante ha entrado en este conjunto de actividades. Se trata del trabajo de la mujer maya. Las estadísticas indican una participación creciente del trabajo femenino dentro de la PEA y de la población ocupada de Yucatán. Si en 1970 era del 10 por ciento, en 1990 alcanzó el 20 por ciento a nivel estatal y en 1995 se ubicaba en un 38 por ciento a nivel urbano y en un 28 por ciento a nivel rural. En los municipios que se tratan, gran parte de estas mujeres trabajadoras son también inmigrantes. Son mujeres que viajan a la ciudad de Mérida o a los otros centros urbanos de la región para trabajar como empleadas domésticas, lavanderas y nanas (niñeras), trasladándose diariamente o regresando a sus pueblos los fines de semana, y que se han convertido en muchos casos en el principal soporte económico de sus familias. En 1996 más de 8 000 mujeres laboraban de empleadas domésticas en la ciudad de Mérida, aunque la cantidad no censada parece ser mayor.
En 1990, la población indígena maya que se encontraba
diseminada en los 62 municipios de la zona henequenera constituía, según los
datos censales, 284 029 habitantes, es decir, el 61 por ciento de la población
total de la zona. De hecho, el número es mayor si se incluye a la población
menor de 5 años que no se contabiliza al ser el idioma el indicador
clasificatorio y también los rasgos culturales de adscripción, que sí
consideró el INI según sus Indicadores socioeconómicos de los pueblos indígenas
de México de 1993. Esto obliga a aumentar en unos 100 000 habitantes más
la población indígena maya de la zona henequenera.
El área sur hortocitrícola, donde hay más de 10 000 hectáreas de cítricos, con poblaciones, ejidos y comunidades que se van articulando a lo largo de un eje que enlaza a Ticul, Tekax, Oxkutzcab y Peto, las mayores poblaciones meridionales.
El área milpera del oriente, en conexión con Valladolid, donde 20 municipios se dedican fundamentalmente a la siembra del maíz y cultivos asociados con el sistema de roza-tumba y quema.
El área del noreste, articulada alrededor de Tizimín y que se extiende hasta los despoblados municipios costeros de San Felipe y Río Lagartos, donde la explotación bovina concentra más de 600 000 hectáreas de pastizales, en su mayoría en ranchos particulares y en menor medida ejidales.
Desde el punto de vista de la subsistencia indígena, la milpa sigue siendo una constante en las tres áreas. Aunque no es ya la única fuente de ingresos ni sustento, es la principal actividad de cuando menos 50 000 familias distribuidas en medio millar de comunidades en los 44 municipios. En la zona henequenera la milpa se realiza en baja proporción y de manera complementaria; se trabaja sólo los domingos y se ha ido transformado en monocultivo de maíz, con una extensión promedio por familia que la trabaja de una hectárea por año. En cambio, en las zonas que aún pueden ser consideradas maiceras, la milpa continúa siendo el centro de la actividad y de la vida misma de las familias productoras, con una extensión promedio de 4 hectáreas y períodos de descanso de la vegetación que fluctúan entre 10 y 12 años. Así, idealmente una familia necesita disponer de un promedio de 48 hectáreas en total, dedicando cada año 3 a milpa roza (milpa nueva) y 1 hectárea a milpa caña (milpa de segundo año).
No ha sido la densidad de la población la que ha empezado a romper este equilibrio. Lo ha hecho el avance constante de los pastizales necesarios para la ganadería extensiva, al grado de que ya en muchas comunidades mayas los ciclos de barbecho mínimo se han roto y se encuentra en peligro todo el ciclo de la milpa y la propia ecología, al dejar descansar los montes cada vez menos años.
Lo anterior es de gran importancia si se considera que la milpa es el soporte fundamental de la cultura maya. La milpa es una forma de vida y una articulación simbólica con el mundo. Es la base de un pensamiento cíclico en el que la vida y la muerte, el tiempo del pasar y del retorno se eslabonan. Es también lo que obliga a mantener una organización familiar definiendo roles productivos y rituales de hombres y mujeres, de ancianos y de jóvenes. Si el maíz, el frijol y la calabaza de la milpa mantienen vivos a los mayas, los rituales asociados a cada una de las etapas de limpieza del monte, siembra, cultivo y cosecha mantienen vivos a los dioses y a los personajes menores de la religión maya que aún sobreviven. La milpa asimismo obliga a generar un sentido de comunidad y normas de convivencia para tener derecho de acceso al monte y regular su explotación por todos aquellos que se consideran miembros de un pueblo maya. La desaparición de la milpa significa a corto plazo la desaparición de la comunidad maya campesina tradicional.
El trabajo migratorio, en especial en Cancún y en menor
medida en Cozumel, Playa del Carmen y Mérida, es también una estrategia común
de subsistencia en todas las comunidades mayas de esta región. Los hombres
emigran para trabajar de albañiles, jardineros y barrenderos, en especial entre
los 15 y los 35 años. Aunque las mujeres también emigran, sus ritmos son
menores que los de las mujeres de la zona henequenera, quizás por el mayor índice
de monolingüismo femenino en estas comunidades. Las mujeres mayas del oriente
han desarrollado cooperativas de trabajos artesanales, en especial textiles
orientados al turismo.
Hay que destacar en especial algunas comunidades donde la
tradición maya se ha mantenido con una fuerza particular. Se trata de Chemax,
Kanxoc y Xocen, así como algunos pueblos y rancherías cercanas a ellas,
ubicadas en la frontera con Quintana Roo, en el oriente del estado. En estas
comunidades la cultura maya alcanza expresiones de carácter político y de
culto religioso que no se encuentran ya de manera tan estructurada en otras
partes de Yucatán, como sería el sistema de cargos, las guardias militares, el
significado del padrinazgo, la personalidad religiosa de los líderes y el culto
a la cruz.
Si bien se han establecido ya las diferencias existentes entre
las distintas regiones donde viven los mayas de Yucatán, los índices de
marginación globales son válidos para todos ellos. Excepto Mérida, que se
clasifica como de muy baja marginación, y los municipios de Conkal, Dzidzantún,
Dzilam de Bravo, Kanasin, San Felipe, Telchac, Puerto Ticul y Umán, que son de
baja marginación, los restantes municipios de Yucatán presentan agudos
problemas de empleo y bienestar social. Setenta y un municipios, prácticamente
más de la mitad de la población maya rural, son considerados con alta
marginación, 24 de ellos con media y 2, Tahdziu y Timucuy, con muy alta
marginación.
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